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El logo, como todo signo de identidad visual, se descompone en tres elementos: el logotipo, el símbolo y el color.
El logotipo, por lo general, posee un origen lingüístico; designa y significa un concepto.
Es una de las representaciones visuales de identidad más destacadas de la empresa. Es, además, una de las más explícitas.
El símbolo es fundamentalmente icónico. Su función es impactar a partir de la sensación y tiene como objetivo representar alguna cualidad de la empresa. Un símbolo generalmente remite a un significado asociado con su producto. De este modo, si usted quiere representar una idea (como por ejemplo la suavidad) puede remitir a una imagen asociada a esta característica (como por ejemplo una pluma). En ese sentido, un buen logo habrá logrado dar con una imagen sólida en la medida en que logre representar con claramente determinados valores con los que se quiere asociar a su empresa.

El color tiene una cualidad sígnica única y un carácter prácticamente emocional. Desde el punto de vista analítico, el color es lo opuesto al lenguaje lineal, como es el lenguaje oral o escrito. A su vez, tampoco tiene forma, no describe nada y, sin embargo, es un elemento esencial para crear un logo sólido. Aunque se han hecho esfuerzos por definir las asociaciones cromáticas y en algunas ocasiones ha habido consensos al respecto, la idea de innovar con el color es siempre es bienvenida, sobre todo si se trata de una compañía emergente.
Estos tres componentes , si bien se definen en el momento de creación del logo, se hacen efectivos en el momento en que el consumidor lo recibe. Es decir, en el momento de la recepción. La recepción funciona en cuatro niveles: el nivel racional (el logotipo es leído y comprendido), el nivel estético (es decir, de belleza), el nivel sensitivo (el impacto por el símbolo y el color), y el nivel subliminal o inconsciente (las resonancias psicológicas del color).
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